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SOBRE LA CIUDAD
Pekín
se ha embarcado en un vertiginoso viaje hacia el nuevo milenio,
que deja atrás la típica imagen de revolucionarios maoístas
envueltos en túnicas abotonadas y grupos de trabajadores
practicando tai-chi en la plaza de Tiananmen. En la actualidad,
los jóvenes pequineses están más pendientes del canal musical de
televisión MTV que de Mao; los retóricos eslóganes de la
Revolución Cultural han dado paso a frases en inglés, estampadas
en modelos de camisetas copiadas de Occidente; y, en la ciudad,
invadida por los teléfonos móviles, los burócratas se mezclan con
expatriados, turistas e inversionistas extranjeros.
Los edificios antiguos y hutongs se demuelen a diario y se
construyen otros nuevos en su lugar; lo pequeño deja paso a lo
grande, y lo grande a lo gigantesco. Pero este estilo de vida
acelerado y frenético no gusta a todos: los viejos camaradas se
quejan de la arrogancia de la juventud y de la pérdida de valores.
Sin embargo, nada parece indicar que por ahora la capital de la
República Popular China vaya a frenar su ritmo.
¿CUÁNDO IR?
En Pekín, el verano (de junio a agosto) es temporada alta, una
época en la que normalmente los hoteles incrementan sus tarifas y
la Gran Muralla corre el peligro de derrumbarse bajo el peso de
los miles de turistas que la visitan. El clima más agradable se
disfruta durante el otoño, entre septiembre y noviembre, estación
en la que, además, el flujo de visitantes es menor. La primavera
no es una buena época para visitar la ciudad, ya que, aunque hay
pocos turistas, hace mucho viento y se levanta mucho polvo;
durante el invierno, la ciudad prácticamente no recibe visitantes
y los hoteles ofrecen grandes descuentos, pero no hay que olvidar
las frías temperaturas que se registran. Durante la celebración
del Año Nuevo chino, en enero o febrero, la ciudad se llena de
turistas.
FIESTAS Y CELEBRACIONES
El
Año Nuevo Chino o Festival de Primavera, comienza el primer día
de la primera luna, según el calendario lunar tradicional.
Oficialmente dura tan sólo tres días, pero muchos ciudadanos se
toman una semana libre. Probablemente la fecha en la que Pekín
luce en todo su esplendor es el día 1 de mayo, cuando se celebra
el Día del trabajo, en el que toda la ciudad se decora con
flores, especialmente la plaza de Tiananmen.
La celebración del Festival de los faroles, el decimoquinto día de
la primera luna, es también un buen momento para visitar Pekín y
admirar a los transeúntes que pasean de noche por las calles
portando faroles de papel de colores. El Día del barrido de tumbas
se rinde culto a los antepasados; se visitan y limpian las tumbas
de los más seres más queridos y se quema "dinero fantasma" para
que el fallecido lo utilice en el otro mundo. La mayoría de los
años esta fecha cae el día 5 de abril del calendario gregoriano, 4
de abril en los años bisiestos. El Festival de mediados de otoño,
también conocido como Festival de la Luna, se celebra el
decimoquinto día del mes octavo, y es la época para degustar los
exquisitos pasteles de luna.
¿QUÉ VER?
Ciudad Prohibida
La Ciudad Prohibida, cuyo acceso estuvo restringido a la mayor
parte del mundo durante quinientos años, es uno de los conjuntos
de edificios antiguos más grandes y mejor conservados del país.
Aunque en la actualidad les tienen permitido el acceso a todos los
ciudadanos o hoi polloi (literalmente, "cientos de apellidos"),
sus dueños originales, los emperadores de las dinastías Ming y
Qing, se aislaron en ella manteniendo con el pueblo
una estricta comunicación unilateral. Así, eran los eunucos y
otros poderosos oficiales de la Corte los que entregaban a los
campesinos del otro lado del muro las autorizaciones reales
procedentes del centro neurálgico del país.
El mundo de bellas concubinas y emperadores priapitos, de eunucos
y riqueza ostentosa todavía ronda en los exuberantes jardines,
patios, pabellones y amplias salas del palacio. La mayoría de los
edificios, posteriores al siglo XVIII, han ido sufriendo un
deterioro reiterado debido a la celebración de festivales de
faroles y a los vientos del Gobi, a la invasión de los Manchúes y,
más recientemente, al pillaje y saqueo tanto de las fuerzas
japonesas como del partido Kuomintang. Un equipo permanente de
restauración tardaría diez años en renovar sus 720.000 m2, 800
edificios y 9,000 salas.
Palacio de verano
El Palacio de verano, con sus fuentes, jardines y colinas, fue el
lugar elegido por los emperadores y emperatrices viudas para pasar
sus vacaciones. Durante la segunda Guerra del Opio (1860), sufrió
grandes daños a mano de las tropas anglo-francesas, y su
restauración se convirtió en el proyecto principal de la
emperatriz viuda Cixi, la última de los gobernantes de la dinastía
Qing. Los fondos destinados a la construcción de una moderna flota
fueron desviados hacia este proyecto, pero irónicamente lo único
que se finalizó de la restauración fue un barco de mármol que, en
la actualidad, yace a orillas del lago en su inmóvil gloria no
militar. La desintegración de la dinastía Qing y la rebelión de la
sociedad secreta de los boxeadores impidieron que se completara la
restauración del palacio.
Durante el verano, el lugar se llena de visitantes procedentes de
Pekín que quieren disfrutar al máximo del lago Kunming, que ocupa
tres cuartas partes del parque. El edificio principal del palacio
es el conocido con el lírico nombre de Sala de la benevolencia y
la longevidad; en la costa norte se extiende el Corredor largo,
llamado así por sus 700 m de longitud, decorados con pinturas y
escenas míticas. Muchas de ellas presentan un aspecto reciente
debido a que fueron realizadas durante la Revolución Cultural.
Plaza de Tiananmen
Emplazada en el corazón de Pekín y marcada para siempre por el
recuerdo de los acontecimientos, la plaza de Tiananmen es un
extenso desierto empedrado, con cabinas fotográficas. Aunque ya en
los días del imperio constituía un lugar de encuentro y albergaba
las oficinas gubernamentales, la plaza es una creación de Mao Tse-Tung,
al igual que la calle que conduce a ella, Chang'an Jie. Durante la
Revolución Cultural, se celebraron en ella los mítines más
importantes, en los que Mao, con un brazalete de la Guardia Roja,
supervisaba los desfiles, formados a veces por un millón de
personas. En 1976, se produjo otra concentración multitudinaria en
la plaza con motivo de la muerte de Mao, a la que los ciudadanos
acudieron para presentarle sus últimos respetos. En 1989, se
desarrollaron los tristes acontecimientos en los que los soldados
y tanques del gobierno disolvieron de forma brutal las
manifestaciones en favor de la democracia.
En
la actualidad, la plaza se llena de ciudadanos que dan paseos,
hacen volar cometas o compran globos a sus hijos. A su alrededor
se levanta una mezcla de monumentos antiguos y actuales: Tiananmen
(la puerta a la paz divina), el Museo de Historia de la Revolución
china, la Gran Sala del pueblo, Qianmen (la puerta principal), el
Mausoleo de Mao, donde se pueden adquirir recuerdos de Mao e
incluso ver su cuerpo, siempre que no hayan retocado recientemente
su maquillaje mortuorio, y el Monumento a los héroes del pueblo.
Tiantan Park
El parque Tiantan es un elemento tan valioso que ensombrece el
resto de la ciudad. Su arquitectura clásica Ming le confiere un
alto valor simbólico; su nombre ha sido utilizado, además, por
varias marcas de productos muy variados, desde bálsamo de tigre a
accesorios de fontanería, a la vez que ha servido de ilustración
en gran cantidad de publicaciones turísticas. El parque se
extiende en una superficie de 267 hectáreas; consta de cuatro
puertas de entrada, situadas en los puntos cardinales, y murallas
en la parte norte y este. Su función original era servir de
escenario a rituales y ritos solemnes.
Todos los edificios del parque, incluidos el Altar redondo, la
Bóveda imperial del cielo y la Sala de plegarias de las buenas
cosechas, representan las conversaciones palpables entre los
dioses y los mortales. Los edificios han sido ideados en detalle
como himnos triunfales en honor de antiguos dioses y creencias. En
su construcción original desempeñan un papel importante el
fengshui, la numerología, la cosmología y la religión; el
resultado es una impresionante representación de dios en la
arquitectura y del diablo en el detalle. El parque sigue siendo un
lugar de encuentro, en el que muchos habitantes de Pekín comienzan
el día con la práctica del tai-chi, la danza o algún juego. Sobre
las nueve de la mañana, el parque vuelve a su estado natural, por
lo que hay que pasarse temprano para ver la actividad de los
pequineses antes del desayuno.
La Gran Muralla china
La Gran Muralla ha sufrido varias restauraciones a lo largo de su
historia. La construcción original, realizada por la dinastía Qing
hace 2,000 años, simbolizaba la advertencia de "Prohibido el paso"
dirigida a los reinos vecinos. Durante los siglos posteriores,
quedó abandonada y olvidada hasta que, en el siglo XVIII, los
europeos, fascinados por el progreso y el artificio, le añadieron
el adjetivo de "gran" y se dedicaron a admirar la capacidad del
hombre para realizar construcciones descomunales. Hoy en día,
constituye una atracción turística, mitad maravilla del mundo y
mitad construcción cursi. A pesar de que para muchos no es más que
una muralla, los chinos se muestran perplejos y tolerantes tanto
ante ella como ante los extranjeros que acuden a admirarla. Los
campesinos de las zonas rurales la conocen con el nombre menos
mágico de "frontera antigua".
La mayoría de los visitantes acceden a la muralla por Badaling,
junto a los grupos de turistas, vendedores y mercaderes de budas
recostados con bombillas incrustadas en la boca. Para disfrutar de
la muralla, pero lejos de estas masas, se recomienda continuar un
poco el viaje y tomar un camino en la parte más salvaje del sector
Huanghua, 60 km al norte de Pekín, un ejemplo clásico y bien
conservado de defensa ming, con murallas altas y anchas, parapetos
intactos y robustas almenaras.
Lama Temple
El templo Lama, o Tibetano, es un templo de belleza incomparable,
con jardines paisajistas, frescos sorprendentes, tapices y una
excelente muestra de trabajos de carpintería. Su interior alberga
un buda para cada ocasión; el más impresionante es la estatua de
madera de sándalo del buda Maitreya (futuro), de 18 m de altura,
tallada a partir de un solo árbol y que yace en el pabellón Wanfu.
Lo primero que se ve de ella son las espinillas sagradas, que
están a la altura de los ojos, y desde allí se eleva hasta el
techo. Revoloteando alrededor de la cabeza del buda parece haber
ruedas de oración giratorias, que emiten un zumbido dulce y
armonioso que, desde más cerca, resultan ser palomas con silbatos.
Es inevitable pensar que la parte más desagradable del trabajo se
desarrolla en los niveles inferiores del samsara, o rueda de la
vida, incluso para una paloma.
El templo
es una lamasería en uso, por lo que por la mañana temprano
permanece cerrado para la oración. Algunos visitantes sienten la
curiosidad de saber si los monjes en zapatillas de deporte son
realmente monjes o informadores del gobierno. La respuesta de la
mayoría de los guías es que son auténticos monjes tibetanos, que
la supuesta opresión del Tíbet es falsa propaganda lanzada por el
Dalai Lama, que los tibetanos adoran a los chinos y que la
existencia del templo es la prueba de las buenas intenciones
chinas. De todo esto sólo hay que creerse la mitad.
Ciudad subterránea
A finales de los años sesenta, ante la
amenaza de una invasión soviética, los ciudadanos de Pekín
empezaron a realizar construcciones subterráneas que tuvieron como
resultado una ciudad a la sombra, construida por voluntarios y
dependientes que vivían en la zona de Qianmen (la puerta
principal), al sur de la plaza de Tiananmen. En esta tarea
participaron alrededor de dos mil personas que, durante diez años
y con la ayuda de herramientas sencillas, crearon esta red
subterránea utilizada ahora como atracción turística oficiosa, así
como enclave para almacenes, hoteles, restaurantes e incluso una
pista de patinaje en línea. Existen aproximadamente noventa
entradas diferentes al complejo, todas escondidas en las tiendas
situadas en las calles principales de Qianmen. La ruta de todo el
sistema de túneles se explica en un mural fluorescente.
La gran muralla de Simatai
Aunque la mayoría de los turistas suele acceder a la Gran Muralla
por Badaling, esta maravilla de la arquitectura y de la historia
dispone de otras partes más interesantes que se encuentran a un
día de cómodo viaje desde Pekín. Por ahora, una de las menos
explotadas es Simatai, aconsejable sólo para los más aventureros.
Sus 19 km son muy pronunciados, con algunas pendientes de 70
grados. No obstante, merece la pena ver la muralla al natural y
compararla con los sectores de Badaling y Mutianyu, que soportan
grandes avalanchas de turismo y que están tan bien restaurados que
bien podrían haber sido construidos ayer mismo.
Tianjin
Si bien es cierto que Tianjin no se encuentra en Pekín, también
hay que decir que es el puerto de Pekín por excelencia.
Oficialmente se trata de una municipalidad especial que no
pertenece a ninguna provincia en concreto. Recibe el apodo del "Shanghai
del Norte", por su historia de puerto de concesión extranjera, su
arquitectura europea y su impresionante producción industrial.
Además de pasear por la ciudad e imaginarse que uno está en Viena,
también se recomienda visitar el mercado de antigüedades, una
gigantesca colección de trastos viejos y tesoros que han logrado
sobrevivir de forma milagrosa a la Revolución Cultural. La calle
de la antigua cultura supone un intento de recrear una calle china
antigua, que se completa con edificios de aspecto tradicional y
vendedores que ofrecen artículos culturales al son de la música
occidental. El Parque del río Hai está lleno de cabinas
fotográficas, pescadores, madrugadores que practican tai-chi,
cantantes de ópera al aire libre y ancianos que portan jaulas de
pájaros. El casco antiguo de la ciudad es una amalgama de
callejuelas, edificios de arquitectura tradicional y templos
derruidos.
La torre Tambor
Esta torre simboliza en Pekín lo que el Big Ben en Londres. Para
anunciar las horas se utilizaban tambores, y el tiempo se medía
con un reloj de agua. El desarrollo de las empresas relojeras,
como Rolex, ha hecho que la labor de esta torre sea, hoy en día,
redundante. Durante la Revolución Cultural, los edificios quedaron
prácticamente en ruinas debido a que eran considerados elementos
del pasado feudal. Las torres Tambor han sobrevivido tanto a la
ingeniería suiza como al menosprecio maoísta, y en la actualidad
constituyen tesoros nacionales protegidos.
En Pekín es muy fácil derrochar: los emporios turísticos, con su
amplia oferta de jade y perlas, atraen a los viajeros de todo el
mundo, aunque los precios son muy similares a los que se pagarían
en los países de origen. Sin embargo, debajo de la torre Tambor,
frente al mercado de la fruta, se extiende un laberinto de tiendas
de trastos viejos que seducen a los compradores más despreocupados
y a los cazadores de gangas. En ellas se venden, a precios más
razonables, antigüedades, joyas y golosinas chinas, y existe una
mayor oferta de artículos originales.
Parafraseando un conocido refrán, "cuando a Pekín fueres, haz lo
que vieres", llegamos a la conclusión de que lo mejor para
disfrutar de la ciudad tal y como hacen sus habitantes es realizar
un agotador recorrido en bicicleta; así, además, podemos visitar
los estrechos y enrevesados hutongs. En invierno, abundan las
pistas de patinaje sobre hielo, entre las que figuran la del lago
Beihai, el lago Kunming, el parque Zizhuyan y el foso que rodea la
Ciudad Prohibida. Una antigua tradición china es hacer volar
cometas; en Pekín, el lugar elegido para esta actividad es la
plaza de Tiananmen, en la que incluso se pueden alquilar.
También merece una visita la escuela de artes marciales
Yuanmingyuan Ruyi, frente al Palacio de verano, en la que se puede
estudiar gongfu (kung-fu) y qi-gong.
El impulso de las divisas turísticas ha llevado a los empresarios
chinos a invertir en el negocio de los deportes de aventura:
parapente, paracaidismo, escalada, puenting, submarinismo junto a
escualos, esquí, hípica, entre otros.
Hacia el año 1000 a.C., la zona que en
la actualidad constituye Pekín, poblada desde hace unos quinientos
mil años, se constituyó en ciudad comercial fronteriza para
mongoles, coreanos y tribus de Shandong y del centro de China. En
el año 1215 d.C., quedó completamente destruida en un incendio
ordenado por Genghis Khan; posteriormente, fue reconstruida con el
nombre de Dadu, o "gran capital", y entregada a Kublai Khan, nieto
de Genghis. En 1368, el mercenario Zhu Yanhang encabezó un
levantamiento, se hizo con el control de la ciudad y expulsó a la
dinastía Ming. La ciudad fue entonces bautizada con el nombre de
Beiping ("paz del Norte"), y durante los siguientes 35 años se
fijó la capital del país en Nanjing. Cuando ésta volvió a
trasladarse a Beiping, la ciudad se convirtió en Pekín ("capital
del Norte"), y se inició la construcción de edificios que
anunciaban grandes presagios, como la Ciudad Prohibida.
Bajo el dominio de los invasores Manchu, que en el siglo XVII
crearon la dinastía Qing, Pekín sufrió grandes remodelaciones y se
expandió enormemente. No obstante, desde el principio parecía
claro que cualquier ciudad que se proclamara capital de China
disfrutaría de una existencia agitada. A pesar de que las amenazas
de invasión se han reducido desde los días en que las tropas
anglo-francesas arrasaban el antiguo Palacio de verano o el
ejército japonés ocupaba el país, en la década de 1930, las luchas
internas por el poder siguen latentes en la capital de esta fogosa
nación.
Cuando en 1949 Mao Tse-Tung proclamó la "República Popular" en la
plaza de Tiananmen, los comunistas procedieron a la remodelación
de Pekín. En aras de la solemnidad y de la circulación del
tráfico, se derribaron arcos conmemorativos y algunas de las
murallas exteriores de la ciudad; para planificar su diseño se
siguieron los modelos soviéticos, lo que explica las
características estalinistas de muchos de los edificios y lugares
de interés más importantes de Pekín.
La etapa más siniestra de la historia de Pekín se produjo en 1989,
cuando las fuerzas gubernamentales de Deng Xiaoping disolvieron de
forma violenta una nutrida manifestación estudiantil en favor de
la democracia, celebrada en la plaza de Tiananmen. El hecho de que
atrocidades semejantes pudieran ocurrir en una ciudad invadida por
reformas al más puro estilo capitalista y repleta de centros
comerciales y divisas extranjeras, refleja claramente el espíritu
de Pekín, una ciudad llena de contrastes y contradicciones. En la
actualidad, tanto la revolución cultural como la matanza de
Tiananmen son temas tabú entre los funcionarios.
En 1994, el gobierno chino estaba convencido de que había
conseguido devolver al país su buena reputación a escala mundial,
y su pueblo daba por hecho que Pekín sería la ciudad elegida para
albergar las Olimpiadas del año 2000, con lo que los chinos no
aceptaron de buen grado la designación de Sydney, en Australia.
Tampoco ayudó mucho la actitud china durante la celebración de la
Conferencia de la Mujer de Naciones Unidas en Pekín, en 1995.
Después de la fuerte presión a la que China sometió a las Naciones
Unidas para que aprobaran el desarrollo de la conferencia en su
país, sus autoridades denegaron el visado de entrada a varios
cientos de personas que querían asistir a la conferencia, con el
argumento de que eran políticamente incorrectos.
Pekín continuó la campaña de deterioro de su imagen, especialmente
en Occidente, con el lanzamiento de misiles en aguas de Taiwán, a
principios de 1996, con la intención de alterar el resultado de
las elecciones presidenciales taiwanesas. Sin embargo, lo único
que consiguió fue incrementar el apoyo al candidato que más
despreciaba, Lee Tenghui, que finalmente salió elegido presidente
de Taiwán por un holgado 54% de los votos. En las elecciones
presidenciales del año 2000, se intentó una jugada similar, y
Pekín amenazó con declarar la guerra si ganaba el candidato
pro-independentista Chen Shui-bian; al final éste obtuvo la
victoria, pero no ocurrió nada de lo anunciado.
A principios de 1997, Pekín hizo un alto en sus relaciones
internacionales para celebrar el funeral del líder supremo Deng
Xiaoping, un acontecimiento trascendental en la historia china que
fue seguido por una multitud de pequineses apenados que
flanqueaban las calles de la capital. La toma de posesión de Hong
Kong por parte de las autoridades chinas, poco tiempo después, en
julio de 1997, pareció más una orgía nacionalista que una
celebración cultural; la entrega de Macao, en diciembre de 1999,
fue un acontecimiento mucho más comedido.
Entre los últimos esfuerzos realizados por Pekín para mejorar su
imagen, se encuentran la abolición de las últimas zonas oficiales
de paso restringido, establecidas en los años cincuenta para
aislar la revolución cultural de influencias extranjeras; y el
éxito de la candidatura para albergar los Juegos Olímpicos del año
2008, que las autoridades chinas entienden como la oportunidad de
iniciar una nueva etapa en la historia del país más que como un
evento deportivo de gran importancia, teniendo en cuenta que una
de las propuestas es celebrar los juegos de voleibol playa y parte
de la prueba del triatlón en la plaza de Tiananmen.
Pekín está conectado por aire con la mayoría de las ciudades
principales del mundo. Las líneas CAAC y Dragonair ofrecen vuelos
directos entre Pekín y Hong Kong que gozan de gran popularidad. El
aeropuerto internacional de Pekín (PEK) se halla a 26 km al norte
de la ciudad; un taxi cuesta alrededor de diez dólares. Guangzhou
y Shenzhen yacen en las cercanías de Hong Kong, y ambos disponen
de vuelos directos hacia Pekín.
La estación de ferrocarril de Pekín se encuentra al este del
céntrico Parque Zhongshan; en ella existe una oficina de billetes
para extranjeros. También hay otra estación, de construcción más
reciente, emplazada al oeste de la ciudad. Un viaje en tren exprés
a Hong Kong dura unas treinta horas. El autobús supone otra buena
alternativa al tren, ya que es más económico y resulta más fácil
conseguir billete. Existen también autobuses-litera, que son muy
recomendables para los viajes largos y nocturnos. Lo que puede
resultar un poco más complicado es encontrar la estación apropiada
para cada viaje, pero por norma las estaciones para viajes de
larga distancia se emplazan en el perímetro de la ciudad en la
dirección hacia donde se va a viajar.
El metro, también llamado dragón subterráneo, es la forma más
rápida de viajar dentro de Pekín, ya que alcanza los 70 km por
hora, un rayo comparado con los lentos autobuses urbanos. El metro
se mantiene limpio y es fácil de utilizar; por el contrario los
trenes empiezan a dar muestras de su antigüedad.
Si no queda más remedio que tomar un autobús urbano, se aconseja
afilar los codos, agarrar fuertemente la cartera y armarse de toda
la paciencia de la que se disponga, porque hará falta. En Pekín
los autobuses suelen estar abarrotados. Existen alrededor de 140
rutas de autobús y trolebús por la ciudad, que contribuyen a que
orientarse sea bastante complicado, especialmente si no se
consigue ver a través de la ventana.
En Pekín es fácil conseguir un taxi, ya que se están multiplicando
rápidamente. Lo difícil es entenderse con el conductor, incluso en
inglés, por lo que si no se habla chino se aconseja llevar un mapa
o el destino escrito en un papel. Otra opción es pedir un taxi por
teléfono.
Al igual que ocurre en el resto del país, Pekín parece mucho más
bello si se recorre en bicicleta. Con ella se acortan las
distancias largas y aburridas, se evitan las multitudes de las
aceras, y el viajero consigue sentirse un poco más integrado. Los
hoteles, especialmente los más económicos, ofrecen un servicio de
alquiler de bicicletas a precios razonables; también existen
multitud de establecimientos de alquiler en las zonas que rodean
los hoteles y en los lugares más turísticos.
ACTIVIDADES
Parafraseando un conocido refrán, "cuando a Pekín fueres, haz lo
que vieres", llegamos a la conclusión de que lo mejor para
disfrutar de la ciudad tal y como hacen sus habitantes es realizar
un agotador recorrido en bicicleta; así, además, podemos visitar
los estrechos y enrevesados hutongs. En invierno, abundan las
pistas de patinaje sobre hielo, entre las que figuran la del lago
Beihai, el lago Kunming, el parque Zizhuyan y el foso que rodea la
Ciudad Prohibida. Una antigua tradición china es hacer volar
cometas; en Pekín, el lugar elegido para esta actividad es la
plaza de Tiananmen, en la que incluso se pueden alquilar.
También merece una visita la escuela de artes marciales
Yuanmingyuan Ruyi, frente al Palacio de verano, en la que se puede
estudiar gongfu (kung-fu) y qi-gong.
El impulso de las divisas turísticas ha llevado a los empresarios
chinos a invertir en el negocio de los deportes de aventura:
parapente, paracaidismo, escalada, puenting, submarinismo junto a
escualos, esquí, hípica, entre otros.
HISTORIA
Hacia el año 1000 a.C., la zona que en la actualidad constituye
Pekín, poblada desde hace unos quinientos mil años, se constituyó
en ciudad comercial fronteriza para mongoles, coreanos y tribus de
Shandong y del centro de China. En el año 1215 d.C., quedó
completamente destruida en un incendio ordenado por Genghis Khan;
posteriormente, fue reconstruida con el nombre de Dadu, o "gran
capital", y entregada a Kublai Khan, nieto de Genghis. En 1368, el
mercenario Zhu Yanhang encabezó un levantamiento, se hizo con el
control de la ciudad y expulsó a la dinastía Ming. La ciudad fue
entonces bautizada con el nombre de Beiping ("paz del Norte"), y
durante los siguientes 35 años se fijó la capital del país en
Nanjing. Cuando ésta volvió a trasladarse a Beiping, la ciudad se
convirtió en Pekín ("capital del Norte"), y se inició la
construcción de edificios que anunciaban grandes presagios, como
la Ciudad Prohibida.
Bajo el dominio de los invasores Manchu, que en el siglo XVII
crearon la dinastía Qing, Pekín sufrió grandes remodelaciones y se
expandió enormemente. No obstante, desde el principio parecía
claro que cualquier ciudad que se proclamara capital de China
disfrutaría de una existencia agitada. A pesar de que las amenazas
de invasión se han reducido desde los días en que las tropas
anglo-francesas arrasaban el antiguo Palacio de verano o el
ejército japonés ocupaba el país, en la década de 1930, las luchas
internas por el poder siguen latentes en la capital de esta fogosa
nación.
Cuando en 1949 Mao Tse-Tung proclamó la "República Popular" en la
plaza de Tiananmen, los comunistas procedieron a la remodelación
de Pekín. En aras de la solemnidad y de la circulación del
tráfico, se derribaron arcos conmemorativos y algunas de las
murallas exteriores de la ciudad; para planificar su diseño se
siguieron los modelos soviéticos, lo que explica las
características estalinistas de muchos de los edificios y lugares
de interés más importantes de Pekín.
La etapa más siniestra de la historia de Pekín se produjo en 1989,
cuando las fuerzas gubernamentales de Deng Xiaoping disolvieron de
forma violenta una nutrida manifestación estudiantil en favor de
la democracia, celebrada en la plaza de Tiananmen. El hecho de que
atrocidades semejantes pudieran ocurrir en una ciudad invadida por
reformas al más puro estilo capitalista y repleta de centros
comerciales y divisas extranjeras, refleja claramente el espíritu
de Pekín, una ciudad llena de contrastes y contradicciones. En la
actualidad, tanto la revolución cultural como la matanza de
Tiananmen son temas tabú entre los funcionarios.
En 1994, el gobierno chino estaba convencido de que había
conseguido devolver al país su buena reputación a escala mundial,
y su pueblo daba por hecho que Pekín sería la ciudad elegida para
albergar las Olimpiadas del año 2000, con lo que los chinos no
aceptaron de buen grado la designación de Sydney, en Australia.
Tampoco ayudó mucho la actitud china durante la celebración de la
Conferencia de la Mujer de Naciones Unidas en Pekín, en 1995.
Después de la fuerte presión a la que China sometió a las Naciones
Unidas para que aprobaran el desarrollo de la conferencia en su
país, sus autoridades denegaron el visado de entrada a varios
cientos de personas que querían asistir a la conferencia, con el
argumento de que eran políticamente incorrectos.
Pekín continuó la campaña de deterioro de su imagen, especialmente
en Occidente, con el lanzamiento de misiles en aguas de Taiwán, a
principios de 1996, con la intención de alterar el resultado de
las elecciones presidenciales taiwanesas. Sin embargo, lo único
que consiguió fue incrementar el apoyo al candidato que más
despreciaba, Lee Tenghui, que finalmente salió elegido presidente
de Taiwán por un holgado 54% de los votos. En las elecciones
presidenciales del año 2000, se intentó una jugada similar, y
Pekín amenazó con declarar la guerra si ganaba el candidato
pro-independentista Chen Shui-bian; al final éste obtuvo la
victoria, pero no ocurrió nada de lo anunciado.
A
principios de 1997, Pekín hizo un alto en sus relaciones
internacionales para celebrar el funeral del líder supremo Deng
Xiaoping, un acontecimiento trascendental en la historia china que
fue seguido por una multitud de pequineses apenados que
flanqueaban las calles de la capital. La toma de posesión de Hong
Kong por parte de las autoridades chinas, poco tiempo después, en
julio de 1997, pareció más una orgía nacionalista que una
celebración cultural; la entrega de Macao, en diciembre de 1999,
fue un acontecimiento mucho más comedido.
Entre los últimos esfuerzos realizados por Pekín para mejorar su
imagen, se encuentran la abolición de las últimas zonas oficiales
de paso restringido, establecidas en los años cincuenta para
aislar la revolución cultural de influencias extranjeras; y el
éxito de la candidatura para albergar los Juegos Olímpicos del año
2008, que las autoridades chinas entienden como la oportunidad de
iniciar una nueva etapa en la historia del país más que como un
evento deportivo de gran importancia, teniendo en cuenta que una
de las propuestas es celebrar los juegos de voleibol playa y parte
de la prueba del triatlón en la plaza de Tiananmen
COMO DESPLAZARSE
El metro, también llamado dragón subterráneo, es la forma más
rápida de viajar dentro de Pekín, ya que alcanza los 70 km por
hora, un rayo comparado con los lentos autobuses urbanos. El metro
se mantiene limpio y es fácil de utilizar; por el contrario los
trenes empiezan a dar muestras de su antigüedad.
Si no queda más remedio que tomar un autobús urbano, se aconseja
afilar los codos, agarrar fuertemente la cartera y armarse de toda
la paciencia de la que se disponga, porque hará falta. En Pekín
los autobuses suelen estar abarrotados. Existen alrededor de 140
rutas de autobús y trolebús por la ciudad, que contribuyen a que
orientarse sea bastante complicado, especialmente si no se
consigue ver a través de la ventana.
En Pekín es fácil conseguir un taxi, ya que se están multiplicando
rápidamente. Lo difícil es entenderse con el conductor, incluso en
inglés, por lo que si no se habla chino se aconseja llevar un mapa
o el destino escrito en un papel. Otra opción es pedir un taxi por
teléfono.
Al igual que ocurre en el resto del país, Pekín parece mucho más
bello si se recorre en bicicleta. Con ella se acortan las
distancias largas y aburridas, se evitan las multitudes de las
aceras, y el viajero consigue sentirse un poco más integrado. Los
hoteles, especialmente los más económicos, ofrecen un servicio de
alquiler de bicicletas a precios razonables; también existen
multitud de establecimientos de alquiler en las zonas que rodean
los hoteles y en los lugares más turísticos.
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